FORMACION DEL SUPREMO CONSEJO DE MEXICO

FORMACION DEL SUPREMO CONSEJO DE MEXICO



En 1860, por este mes en que ahora estamos, se reunieron en una Sala del Hospital Civil de Veracruz, cuatro hombres:
CHARLES LAFON LADEBAT, criollo franco-americano natural de Nueva Orleans y Gran Maestro de Ceremonias del Supremo Consejo para la jurisdicción meridional de los Estados Unidos de Norteamérica, quien llevara el encargo de fundar en México un Supremo Consejo regular del Rito.  Eligió Veracruz, porque radicaba precisamente, en aquel entonces, los poderes legítimos representados por nuestro I.’.H.’. Licenciado Benito Juárez García.

ESTEBAN ZENTENO, activísimo masón perteneciente a la Respetable Logia “La Fraternidad” del Puerto de Veracruz, perteneciente al Rito Nacional Mexicano.  Fue él quien sirvió de enlace entre Laffón de Ladebat y los demás que intervinieron en estos acontecimientos, ya que en la propia Logia antes citada, se reunieron ambos, días antes.
FRANCISCO ZEREGA, miembro del Ejército Liberal, un general de la Reforma.  Era además Grado 32 recibido en los Cuerpos Filosóficos de Pensylvania.  Pertenecía asimismo al Rito Nacional Mexicano, siendo además persona del círculo íntimo de Juárez.
NICOLAS PIZARRO SUAREZ, abogado y periodista liberal y amigo de Zenteno y Zerega.  Precisamente por estar enfermo y hospitalizado en el Hospital Civil de Veracruz, indujeron a Laffón a trasladarse al cuarto que ocupaba Pizarro, para llevar a cabo allí la ceremonia de instalación.
Laffón de Ladebat otorgó a los tres el grado 33 y éstos seleccionaron a los demás miembros del primer Supremo Consejo: General Ignacio Comonfort, Primer Comendador del Rito no obstante su ausencia ya que en aquellos días estaba desterrado en Europa.  Eligieron asimismo al General García Conde, Muñoz Campuzano, Esteban Morales y a Vicente Castro.  Los tres primeros mexicanos, liberales y juaristas y miembros del Rito Nacional Mexicano y el último cubano, exiliado político y miembro del movimiento revolucionario de Cuba así como masón escocés de aquella isla.
Producirá extrañeza la designación de Comonfort.  No queremos nosotros justificarla, preferimos recurrir a la opinión docta y autorizada del I:P:H: Luis Alvarez Barret, de cuyas reiteradas intervenciones sobre historiografía masónica, he tomado en ésta y en otras ocasiones valiosas notas, para que sea él quien con mayor conocimiento de causa nos hable de esta extraña designación:
“No deja de ser desconcertante la elección, en ausencia, de Don Ignacio Comonfort, un desterrado, casi un proscrito de la causa liberal, para el cargo más alto del Supremo Consejo.  De sobra es conocida su gestión política en cuanto tuvo de buena y de mala; aún estaban presentes en la memoria de todos los mexicanos, su extraordinario poder de organización y su brillante gestión militar, que llevaron al triunfo a la Revolución de Ayutla; también su rara integridad de gobernante, su gran moderación como político y su personal bondad y caballerosidad le valieron muchos elogios;  y por último, su eficaz colaboración, desde el gobierno, a los trabajos del Congreso Constituyente, hasta dar cima a la histórica Asamblea, con la promulgación de la Carta Magna de 1857 lo acredita como gran liberal y patriota; pero luego viene el golpe de Estado y borra, de un solo trazo tan preclaros méritos.  Ciertamente que nadie se ha atrevido a acusar a Comonfort, de perseguir fines personales, ni mezquinos, ni aviesos con el golpe de Estado.  Aquella gran culpa, la única de su vida pública y desde luego imperdonable, ha sido calificada con gran benevolencia, de simple error, grave error de todos modos, pero nunca como un crimen, que es lo menos que se hubiera dicho, de otro hombre, en otra parte.  Y es que la posteridad ha absuelto a Comonfort de tan grave desliz, en gracia a su pronta rectificación, tan pronta y oportuna que salvó a la causa liberal, después de ponerla en peligro; y en atención quizá, también, a la abnegada expiación de su falta, lo mismo en el destierro que a su vuelta, al inmolar su vida en defensa de la patria:”  “Nunca el Partido Liberal, lo borró en definitiva de sus filas.  Más bien lo incluyó en el ala moderada, haciéndole compartir, quizá un poco injustamente, las culpas comunes, a todos los miembros de esa facción.  Pero en aquel momento, el virtuoso ex Presidente era un extraño, casi un réprobo y no hallamos cómo explicar la decisión de un “puro” como Pizarro, en la elección de don Ignacio, al cargo de Comendador.
Por otra parte, aquellos días eran de euforia entre los liberales del régimen juarista de Veracruz, que veían acercarse el triunfo de su causa, después de tres años de lucha sangrienta; y no era, tal estado de ánimo, el más oportuno para fijar la atención en el ex Presidente, cuya increíble claudicación había originado aquella guerra civil, la más sangrienta de nuestra historia.”
Así pues, fue don Ignacio Comonfort, el primer Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de México en aquellos días de 1861 y 1862 llenos de intensas inquietudes; días en que brillaba Melchor Ocampo, Santos Degollado y Leandro Valle, las tres víctimas de la reacción; Vicente Riva Palacio, Ignacio M. Altamirano, Lerdo de Tejada, Días Covarrubias, Gabino Barreda y tantos otros. Estoy seguro de que el hermano Luis Alvarez Barret, atenderá con gusto vuestros deseos y de su intervención, habréis de obtener provechosas enseñanzas.
El día 21 de diciembre de 1860, quedó integrado el Supremo Consejo para la Jurisdicción Masónica de los Estados Unidos Mexicanos y ese mismo día llegó la noticia de la victoria de Calpulalpan, victoria que abrió al ejército liberal, las puertas de la capital de la República y así, el día 22, al siguiente día de la fundación de nuestro Supremo Consejo, el general González Ortega tomaba posesión de la plaza de México y medio mes más tarde, hizo entrada en ella el gobierno de Juárez.
Posteriormente, el Imperio de Maximiliano produce la natural conmoción en los medios masónicos y cuando Ignacio Comonfort llega a México, reclamando un lugar entre los defensores de las Instituciones rente al Imperio, cae inmolado por los reaccionarios como una ofrenda que le reivindicase de pasadas culpas.
Su llegada y muerte coincide con la presencia en el país de Cunha Reis, portugués de origen y masón brasileño quien logra el apoyo de Lohse, protestante de origen americano, profundamente anticlerical y comprometido en el Campo Liberal.  Con la inexplicable ayuda de Lohse, el portugués funda su Supremo Consejo que posteriormente se llena de franceses pertenecientes a la Corte Imperial.   Al fin de la guerra de Independencia, llegan con Juárez los supervivientes del Supremo Consejo de Veracruz: Zenteno, Zerega, Pizarro y García Conde.  Lohse con su Supremo Consejo espúreo ve agravarse su situación por cuanto se comprueba que Cunha Reis no ha recibido el grado 33 de ningún Supremo Consejo Reconocido.  Pero como bondadosamente dice Luis Alvarez Barret, los vencedores son generosos y después de todo, la conducta de Lohse ha sido limpia durante la intervención.  Son muchos los masones liberales y patriotas que le deben la vida, la libertad y la tranquilidad de sus hogares; él por su parte ha sufrido en su propia carne las persecuciones del clero.  Zenteno propone a Lohse la fusión de lo que queda de uno y otro Supremo Consejo.  Acepta y la sesión solemne se efectúa el 28 de abril de 1868, fecha en la que comienza la existencia constante e ininterrumpida de nuestro Supremo Consejo.  
El próximo año, el día 28 de abril, se cumplirán cien años de este suceso.  Procuremos celebrar fecha tan grata con la solemnidad que requiere, honrando así tanto los nombres de Laffont de Ladebat, Zerega y demás hombres de 1860,como los de aquellos que integraron el Supremo Consejo de 1868:
Santiago Lohse.- Muy Poderoso Soberano Gran Comendador.
Esteban Zenteno.- Teniente Gran  Comendador.
Alfredo Chavero.- Gran Ministro de Estado.
José Encino.- Gran Tesorero.
Nicolás Pizarro Suárez.- Gran Hospitalario.
Juan Martínez Vaca.- Gran Maestro de Ceremonias.
Diego Castillo Montes.- Gran Porta Estandarte.
José García Conde.- Gran Capitán de Guardias.
José Castelló-Tárrega Arroyo
Fragmento de un estudio leído por el IPH José Castelló-Tárrega Arroyo, en sesión celebrada en honor del Supremo Consejo de México el 18 de diciembre de 1967, en la Sub. Logia de Perfección Cuauhtémoc No. 4, México, D.F.